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Final del Ciclo Lunar

El 22 de junio del calendario gregoriano, el Pueblo Nación Charrúa celebra el "Inambi guidaimar dyk soba" (Renacer de la luna y el sol). Desde el Programa Interculturalidad y Pueblos Originarios de la UADER, explican la importancia de este "nuevo momento" para quienes habitan ancestralmente el actual territorio entrerriano.

Texto: Programa Interculturalidad y Pueblos Originarios (Secretaría de Integración y Cooperación con la Comunidad y el Territorio; Universidad Autónoma de Entre Ríos -UADER-), con aportes de la Comunidad I’Tu.

Hace menos de 528 años que en las actuales tierras entrerrianas se impone el calendario gregoriano, en desmedro del calendario del Pueblo-Nación Charrúa, que habita ancestralmente el lugar rigiéndose por los ciclos lunares de 28 días, de cambios lunares cada 7 días en sus diferentes fases; y así durante un ciclo largo de 13 lunas que redunda en un año lunar.

El calendario actual fue adoptado en Europa recién en 1582, cuando el Papa Gregorio XIII sustituyó el calendario juliano, semejante al de América. De allí que el cristianismo obliga a los pueblos originarios a adaptar sus festividades al calendario litúrgico, surgiendo así celebraciones del fin de año de los originarios en las fechas de San Pedro y San Juan, o las Fiestas Juninas en Brasil, al no poder erradicar esas ceremonias tan arraigadas, de profundo significado.

Para muchos/as, estas son fechas insignificantes, o implican sólo la llegada del invierno, tiempo de frío y de cuidado.

Pero para los pueblos originarios es un cambio de ciclo, un nuevo momento. Un cambio de tiempo, un renacer. Para el pueblo charrúa podría ser inambi, un punto de partida, un principio y fin para el ciclo de la vida y la muerte. El 22 de junio gregoriano comienza el nuevo ciclo, es un principio y un final de todas las lunas pasadas, y una vuelta al sol de la noche más larga.

Es momento de celebración de las vidas, de agradecimientos y de nuevos aprendizajes, cómo ser un guardián o una guardiana del fuego u otros saberes, que en algún momento de la noche es posible que los mayores transmitan. Se encenderá el fuego al atardecer de la última noche y se transita la noche para rendirle honor al día, cantando, danzando, contando historias, compartiendo medicinas y alimentos.

Ser parte de la tierra

Nilda, mujer charrúa de la comunidad I’Tu (de la región de Salto Grande), dice: «En este nuevo ciclo quiero agradecer a nuestra madre tierra por ser parte de ella, agradecer ser mujer, agradecer por todo lo que nos brinda día a día, momento a momento».

El fuego limpia y guía, protege de la larga noche fría y la hace posible; es tiempo de dejar todo lo que ya no es y ver el nuevo tiempo.

«Entrego todo lo vivido, todo lo sufrido, todas las energías, todas las alegrías, todos mis anhelos, todos mis deseos, todos mis amores, en este nuevo ciclo que comienza».

Es una costumbre ancestral reunirse la noche más larga en comunidades, con el resto de los seres que compartimos en el cosmos, a esperar el nuevo día.

Alberto, también de la comunidad I’Tu, cuenta cómo solía ser ese momento en su niñez: «El comienzo del nuevo ciclo invernal, me trae bellos recuerdos de la infancia, con la familia reunida temprano y al anochecer, con cuentos y leyendas a la luz del fogón en aquel mundo sin televisión, de ranchos de barro y techos de paja».

Añade: «Con una madre dulce y de mucha fortaleza espiritual para criar once hijos sola, sin compañero, pero con grandes enseñanzas que serán transmitidas a mis hijos y los suyos».

«Mis hermanos mayores también compartían sus saberes y nos nutríamos de la historia familiar», dice Alberto. Inambi Onkaiujmar, dejar un ciclo y entrar en otro, pero acompañados de todos los saberes, en distintos paisajes. «Me entristece pensar en el desplazamiento forzado de mis abuelos, que aún no acaba. Mi abuelo, Isidoro Acosta, nació en las márgenes del HuéHúm (Río Negro, Uruguay), 64 años después de aquella cruel matanza en la punta del Queguay, arroyo Salsipuedes, y emigró a la ciudad como muchos otros de aquella localidad, Sánchez, para trabajar en el frigorífico, asentándose en las afueras de Fray Bentos», finaliza.

Pensar en desplazamientos y genocidios también forma parte de las historias que se cuentan, para no olvidar la importancia del territorio y de poder seguir en él. Resistiendo, o simplemente existiendo.

Que este nuevo ciclo permita encontrarnos, en tiempos tan difíciles, con la posibilidad de un gran aprendizaje para compartir: ¡El cuidado del todo, con todos y entre todos, Jalana!

Contacto: http://uader.edu.ar/intercultural | @UaderIntercultural